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En el mercado compraba
una jarra el tabernero
en la que el vino casero
servir bonito pensaba;
mas cuando a casa llegaba
quiso el buen hombre saber
cuanto podría caber
en aquel hermoso envase
por si errando regalase
el vino que ha de vender.
Llamó al pinche y le encargó
que algunos vasos llenase
con agua que luego echase
en la jarra que compró.
Así el pinche midió
lo que en la jarra cabía
y al amo así respondía
cuando le fue requerido:
_En vino yo no he medido,
pero en agua un litro había._
No me llores por tus penas,
no las vengas a contar;
yo también tengo problemas,
me los vas a recordar.
_Si yo fuese presidente
otro gallo cantaría._
Así mi amigo decía
con aire grandilocuente.
Le escuché atentamente
hasta que hubo terminado
y cuando le hube escuchado
con sarcasmo le espeté:
_Yo me pregundo por qué
en "si fuese" te has quedado.
Tengo también la certeza
de que otro gallo cantase
si en el gobierno mandase
con criterio tu cabeza,
mas por su naturaleza
gallo y gallo su canción
declaman sin compasión
tan temprano, tan temprano,
que me despiertan, hermano,
con la mismita ilusión._
De "Poemas do Piteira (I)"
.
Ι
Tendía su blanca mano
una limosna pidiendo,
grave su gesto imponiendo
imploraba, triste, en vano:
_ Por piedad mi buen hermano,
poquita cosa le pido
que el hambre en mi ya se ha ido,
mas los pobres hijos míos
¿Qué saben de desafíos?
Por piedad, que no han comido._
Torció el rostro el caballero
fingiendo ni ver ni oír,
notó la pobre el fingir
viendo su porte altanero.
Miró a sus hijos primero,
después a aquel hombre recio
y herida por su desprecio
al petulante maldijo.
Mala muerte le predijo
mas riose de ella el necio.
ΙΙ
Negra la noche cernía
de obscuro manto el camino,
su cabeza, por el vino,
a una voz hablarle oía
que con reproche decía:
“Hay de ti, mal caballero,
que guardaste tu dinero
y la mujer te maldijo
pues has de morirte, fijo,
por tu gesto cicatero”.
Mucho tuve que beber,
se decía para sí.
_“Mira, Enrique, lo que oí.
A causa de esa mujer
predicen mi perecer
unas voces tenebrosas.
No he de creer esas cosas
que el clarete que he tomado
en el ánimo ha causado
fantasías caprichosas”._
La noche larga se hacía,
de caminar no cesaba
y el sendero no acababa
ni cercano parecía,
ni asomarse se veía,
el final de su camino
y echaba la culpa al vino
por no hallar la ruta cierta
que ha de llevarle a su puerta,
maldiciendo el desatino.
Y las horas van pasando,
obscura la noche sigue,
la misma voz le persigue
su conciencia maltratando.
Y se oye gente llorando,
también se oye gran gemido.
Le parece conocido
cuando acercándose va.
Ya arrepintiéndose está
de tanto vino bebido.
Se oyen también campanillas
a ritmos acompasados,
se oyen murmullos velados
de gente por las orillas.
Y las tristes manecillas,
ahora mismo cae en la cuenta,
en la esfera amarillenta
su camino han detenido.
Todo aquello ha sucedido
poco a poco, a marcha lenta.
_Pero…¿Qué ocurre, qué es esto?
¿Quién dice mi nombre a veces?
¡Ay, Enrique, que enloqueces!
¿Y ese cantar funesto?
¿Por qué no fui más honesto
con esa pobre mujer?
¿Su maldición puede ser
la causa de esta locura?
¡Pero…qué dice ese cura!
¿Quién me quiere enloquecer?_
Sudor en su frente ardía,
los ojos desorbitados,
a vecinos y allegados
y gente que conocía
acercándose veía.
Triste el semblante llevaban,
quiso hablarles mas pasaban
a su lado indiferentes.
¿Qué querían esas gentes
que su presencia negaban?
ΙΙΙ
Cuatro golpes retumbaron
que el corazón sobresaltan
y sus visiones espantan.
Cuatro golpes resonaron
y unas manos se posaron
en sus hombros encogidos
y despierta sus sentidos
una voz atronadora,
que de pronto en esta hora,
interrumpe sus gemidos.
Y parece que se han ido
las voces y campanillas,
no hay gente por las orillas,
no se escucha ni un ruido.
Enrique aguza el oído
prosiguiendo su camino
y otra vez maldice el vino
que aquella noche tomó
y a su mente regresó
aquel rostro femenino.
Despierte, Enrique, despierte,
grita aquel hombre a su oído.
Don Enrique, adormecido,
agradeciendo su suerte,
cree regresar de la muerte
oyendo al hombre gritar.
Es difícil de olvidar
su horrorosa pesadilla,
esa horrible campanilla
y a ese cura oír rezar.
_¡Váyase, Enrique, a su casa!_
le decía el tabernero
ajustándole el sombrero.
_Verá que pronto se pasa
el dolor que fuerte abrasa
esa tripa maltratada.
Es la noche bien entrada
y un buen descanso merece,
ya verá que lo agradece
su cabeza castigada._
ІV
Ya más calmado,
muy aliviado,
ha recordado
a aquella mujer
y presumiendo
va sonriendo
y maldiciendo
aquel padecer.
Ya caminando
va planeando
y barruntando
grave y cruel venganza,
pues la pureza
de la pobreza
y su grandeza
a entender no alcanza.
Encuentra su casa abierta
y sorprendido se extraña.
La memoria no le engaña,
llave le echara a la puerta.
Aún más le desconcierta
ver a vecinos entrando,
a sus amigos rezando
y con tristeza en los ojos
ante su cuerpo, de hinojos,
a aquella mujer llorando.
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E voltou!
|
.
Esa fonte que hai no outeiro
pretiño da miña casa,
esa fonte está soíña
que ninguén vai visitala.
Nacía nela, fresquiña,
unha auga limpa e ben clara,
unha auguiña que eu bebía
sen sede, só por probala
e senti-la súa vida
correndo pola garganta.
Esa fonte que hai no outeiro
pretiño da miña casa.
As risas dunhas mulleres
que de xeonllos estaban
ó pé dos seus lavadoiros
torcendo roupa mollada
chegan ó meu pensamento,
veñen soas, sen chamalas,
cunhas baldetas ben cheas
que na cabeza levaban,
andando polo carreiro,
ergueita a súa mirada,
foron á fonte primeiro
e voltan da fonte á casa.
Esa fonte que hai no outeiro,
que por ela xa non pasan
lavadoiros de madeira
que unhas mulleres levaban
nin mociños calorosos
que nela se refrescaban,
esa fonte que hai no outeiro
xa non ten auguiña clara
e as herbas do monte bravo
déixana toda atoada,
acóchana dos meus ollos,
alónganma da mirada.
Fentos, silvas e carqueixas,
piornos, toxos e xestas
enceréllanse hoxe nela,
aínda que moito medren
non poderei esquecela.
“El pueblo se alborotaba
por el suceso terrible
comentando el caso horrible
que entre su gente pasaba”.
El abuelo comenzaba
de esta manera su cuento
y a partir de este momento,
confiando en mi memoria,
voy a escribir yo la historia
sin olvidar un acento.
¿Qué era pues lo que ocurría
que en boca de todo el mundo
andaba el tío Facundo
provocando algarabía?
Era que el hombre decía,
asombrado y muy nervioso,
que fue un monstruo fabuloso
lo que aquella noche vió,
que de sus fauces surgió
un rugido estrepitoso.
El sendero iluminaba
una luna distraída
que entre nubes escondida
sus tropiezos evitaba.
En silencio cabalgaba
entre la negra espesura
cuando atacó su cordura
un espantoso alarido
y escapó despavorido
fustigando su montura.
Un buen trecho recorrió
a todo trapo escapando
mas pronto se fue calmando
y al cabo ya se paró.
Sobre sus pasos volvió
creyéndose en el deber
de tener que socorrer
a quien así se quejaba
pero no se imaginaba
lo que le iba a suceder.
Esa luna caprichosa
tímida ya se ocultaba
tras una nube que andaba
por el cielo revoltosa
cuando la voz temblorosa
de Facundo en el lugar
pugnaba por pronunciar
palabras de caballero,
mas el sonido primero
que allí se vino a escuchar
fue un grito desgarrador
de feroz naturaleza
que penetró en su cabeza
y le llenó de terror.
Al mismo tiempo el hedor
de algún monstruo nauseabundo,
o de un bicho de otro mundo,
vil, castigaba su olfato;
No ha de olvidar ese rato
el pobre tío Facundo.
Esta historia relataba
los ojos desencajando.
Todo su cuerpo temblando
fuerte temor delataba.
Su ronca voz se crispaba
recordando aquel horror
y a sus manos un temblor
incontrolado acudía
y a su nariz se venía,
sofocante, aquel hedor.
Por el tumulto atraído
Paquito allí se acercó
preguntando que pasó.
Cuando supo lo ocurrido
pensativo y sorprendido
quedó parado aquel hombre,
que aunque llevase por nombre
uno que en “ito” se acaba
un cuerpo enorme se alzaba
que le daba gran renombre.
Era grande el buen Paquito
a lo alto y a lo ancho,
no le sobra nunca rancho,
le llamaban “El Flaquito”.
Para saciar su apetito
como gigante comía,
como un ogro bebía
y después de sus almuerzos
haciendo grandes esfuerzos
en el monte se vacía.
Y soltó gran carcajada
viendo a Facundo temblar
recordando aquel lugar
en que la noche pasada
holgando el vientre gritaba,
pues un gran restreñimiento
causaba en aquel momento
un grandísimo dolor
y un grito desgarrador
provocaba aquel tormento.
Recuerde lo que leyó,
no siempre es lo que parece
ni crédito se merece
lo que primero se vio.
PITEIRA.
Río Mao, río Mao,
o río da miña aldea,
que pasaches amodiño
enchendo de vida as veigas
dándolle verde fresquiño
a esa herbiña das lameiras.
Coñecinche auguiña clara
mais agora, qué foi dela
que medra nos teus remansos
esa fea escuma negra?
Cantos prados ti regaches,
e leiras de froito cheas,
e lamelas alagaches
pretiño das túas ribeiras.
E canta sede apagaches
tanto a homes como a bestas,
mais hoxe no teu camiño
xa só quedan fontes secas.
Río Mao, río Mao,
o río da miña aldea.